ZAMBRA PUNK [“no future” de la literatura formal]
Por: David Mamani Cartagena
Diez minutos imperdonables, pensé, al llegar atrasado a la cita. Apenas cinco personas hasta ese momento, éramos la concurrencia de un auditorio cuya capacidad parecía de 50. La invitación decía viernes 11 de noviembre, 19:30.
19:50 asoma el escritor, acompañado de un colega local. Mira con asombro a través de esos lentes de marco enorme, de abuela diría. En la jerga ajena, lentes culo de botella. No parece tan serio. Alejandro Zambra (Chile) y Maximiliano Barrientos ingresan al salón del tercer piso del Centro Simón I. Patiño. Al final asistieron 20 personas para escuchar la ponencia De novelas ni hablar que el narrador había escrito hace dos años.
Luego de los saludos de rigor, Zambra se excusa de su ausencia del pasado mes de mayo cuando se celebró la X Feria Internacional del Libro de Santa Cruz. Tenía la cita pactada junto a otros invitados y postergó el viaje por motivos psicosomáticos: la hipocondría. Empero no pudo evitar un mal karma. Llegó el martes para resfriarse en una ciudad cuyo clima fluctuante y húmedo descuida al más incauto.
Antes de iniciar le lectura del texto guardado, Zambra leyó el primer capítulo de cada una de sus novelas publicadas al presente: Bonsai y La vida privada de los arboles. Al escuchar con atención, sabremos que la narrativa de Zambra es simple porque lee en ritmo de verso. Fin de citas. Vacila al comentar parte de su obra y aclara que lo que viene es bastante “fome” (aburrido) como dicen en su país.
NO LITERATURA
El rasgo característico de Zambra en cuanto a su texto (De novelas ni hablar) es ese nihilismo sincero para referirse a la tradición literaria chilena. Durante su participación utilizó varias citas de Clarice Lispector (escritora brasileña), quien ha influido de sobremanera en su postura para tratar el tema del no estilo. Dice el autor: “Yo prefiero los libros que dicen que no. A veces, incluso, prefiero los libros que no saben lo que dicen”. En relación a la palabra de Lispector, ésta enunció alguna vez: “Digo lo que tengo que decir, sin literatura”. Símil.
Al hablar de lectura como de escritura describe una dicotomía: “Se escribe para leer lo que queremos leer. Se escribe cuando no queremos leer a los otros”.
Recurre otra vez a Lispector: “No saber escribir tal vez sea exactamente lo que me salvará de la escritura”.
Hasta aquí Zambra se delata. Su estilo es el resultado de esta breve cátedra de Lispector. Bastó escuchar los fragmentos introductorios de sus dos novelas como una búsqueda previa que realicé por la red para conocer su pasado poético. Escucho y transcribo: “Rarísimos poemas están permitidos. De novela, ni hablar”. Lispector emerge reiterativamente.
Zambra a través de la memoria, la suya; nos transporta a un Chile de su generación. Un antes y un después de la dictadura. Sustenta arguyendo: “Mi generación fue la última cuya formación literaria fue, fundamentalmente, nacional. Crecimos leyendo a los chilenos, a los chilenos muertos, para ser preciso, pues los demás apuraban el exilio o el perpetuo arresto domiciliario de esos años”.
Acude a una anécdota y relata sobre la biblioteca familiar de su hogar. Una colección de libros que venían de regalo por la compra de la revista Ercilla. Dicho estante se caracterizaba por el color rojo para la literatura española, café para la literatura chilena y beige para la literatura universal. Zambra sintetiza la colección multicolor: “Mi generación creció creyendo que la literatura chilena era de color café, y que no había algo así como una literatura latinoamericana”.
Para conocer la literatura chilena, Zambra recurre a lo dicho anteriormente, la dicotomía de la palabra oral y escrita. “son muchas las palabras y las frases que, entre nosotros, se dicen pero no se escriben”. No es una crítica, es una descripción en palabras del chileno, para ubicar ese “tartamudeo” característico del parlante del vecino país, su acento. Contra esa idiosincrasia en un sentido formal, lucharon varias luces (premiados) de su tierra: Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Nicanor Parra, etc., al publicar sus libros. Al contrario de Neruda, Zambra posiciona a Parra (otra de sus influencias) como el antipoeta, aquella panacea de las letras chilenas.
Otra vez auto delación de Zambra. Uno puede colegir que su formación de poeta, su traspaso del verso a la prosa, posibilitó la creación de sus relatos. “Los narradores chilenos escriben, escribimos para adentro, como si la novela fuera, en realidad, el largo eco de un poema reprimido”.
Otra dicotomía, la discusión entre el oficio del narrador y el poeta, los límites en cuanto a la validez de ambos discursos.
Zambra se enorgullece de su generación (de sus pares contemporáneos, escritores) y dice: “Una generación sin manifiestos y sin más historia que los libros que hemos escrito. Una generación que desconfía de su posible juventud y que de vez en cuando se detiene y respira y dice: Estoy escribiendo con demasiada facilidad. Hay que desconfiar de eso”.
La frase en cuanto a la desconfianza por el facilismo de escribir corresponde a Lispector. Ya no es una influencia pensé, es un leit-motiv. Zambra sabe que abusó del pensamiento de la brasileña y se refugia en otras lecturas de su predilección.
“Una novela, actualmente, es cualquier cosa que se ponga entre tapa y contratapa”, pensó el uruguayo Mario Levrero, que repitió el chileno y es el cierre perfecto para este manifiesto etéreo (a mi parecer y contra su voluntad) que percibo en él. Y es que de novelas ni hablar como titula la charla.
Al concluir su disertación, Zambra sentenció en palabras lo que para mí fue inspiración para el título de esta crónica. “A veces los libros representan casi nada más que la olvidable escena de un escritor observando el minucioso fracaso de sus planes”.
Se calló Zambra y quizá fue más fome la participación del público en cuanto a sus preguntas, que al derivar en un letargo el escritor dijo “no da para más”. Agradecimientos y aplausos posteriores.
A colación redacto frases de mi autoría que no pude ubicar a lo largo de esta nota:
Zambra y su sentido de la ironía.
Zambra escultor de la palabra, quita lo innecesario de un todo.
Su poesía es micro ficción, al leerse se convierte en prosa.
Zambra pertenece a una generación nihilista que no le interesa McOndo como el boom. Se niegan a pensar en los premios.
A la salida decidí acercarme a Zambra. Me presenté como el entrevistador on-line. Antes de su llegada, le envié un cuestionario. Me aclaró que me respondió estando ya en Bolivia. Le comenté de la carencia de su obra en nuestras librerías locales. “Es un problema de distribución” respondió. De globalización pensé. Grata sorpresa. Me regaló su segunda obra, el poemario Mudanza. Mientras Zambra estampaba su rúbrica pensaba que quizá nunca llegue a leer su novela. Y es que de novelas ni hablar mientras Anagrama (editorial) siga vendiendo las de Zambra a un precio superior a los 10 euros en su dominio web.











































diciembre 14th, 2009 → 8:41 am @ Antonio
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